Algunas llevan tanto tiempo sin mantenimiento que ya forman parte del paisaje urbano, como si hubieran sido instaladas para quedarse a vivir ahí, sin fecha de retiro.
Los vecinos dicen que caminar por la zona es toda una experiencia multisensorial: entre aromas que nadie pidió, posibles focos de infección y el riesgo permanente de un tropiezo con historia, el trayecto se convierte en una especie de “tour extremo” sin guía ni seguro de vida.