En Morelos, aunque no estamos cerca del mar, cada temporada de lluvias cambia el cómo nos afecta, no solo las personas que pierden hogares, si no también la fauna silvestre y doméstica.
Algunos animales logran escapar; otros quedan atrapados entre corrientes, lodo o ramas caídas. Cuando muchos se refugian en zonas pequeñas, enfrentan nuevas amenazas: enfermedades, hambre, parásitos o incluso ataques de otras especies.
Las crías suelen ser las más vulnerables. No saben nadar bien, no tienen fuerza ni dónde resguardarse. Además, el agua contaminada puede envenenar sus fuentes de alimento o causarles problemas respiratorios y digestivos.
Aunque parezca todo malo, las inundaciones también tienen su lado bueno: recargan los mantos acuíferos, enriquecen el suelo y mantienen vivos los ecosistemas como los estuarios y planicies inundables.
Pero el equilibrio es frágil. Y cuidar nuestros entornos también es proteger la vida que no siempre vemos.
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