Con cada lluvia, esta vialidad de Huitzilac se transforma en un río improvisado que ni los campeones olímpicos de natación se atreven a cruzar; y los baches, que ya parecen cráteres lunares, se convierten en piscinas para mosquitos. Uno sale de casa con la esperanza de llegar seco al trabajo, pero termina navegando entre el lodo y la falta de atención del ayuntamiento.













