A lo largo de los años, especialistas en neurociencia, psicología y sociología han estudiado lo que ocurre en nuestro cerebro cuando experimentamos el impacto de un sismo.
De acuerdo con estas investigaciones, la amígdala cerebral activa el sistema de supervivencia y provoca la liberación de adrenalina, preparando al organismo para responder ante el peligro. Después de un evento sísmico, esta respuesta puede mantenerse y generar estrés postraumático o incluso la sensación de que el suelo continúa moviéndose, aunque el temblor ya haya terminado.
La pérdida repentina de control y seguridad también expone nuestra vulnerabilidad. Ante el miedo, algunas personas buscan auxilio y protección mediante la oración o la fe, que puede brindar consuelo, esperanza y una sensación de seguridad para afrontar el impacto emocional.
Las reacciones físicas y emocionales pueden durar horas, días o incluso más tiempo. Entre las más comunes se encuentran taquicardia, insomnio, mareos, temor constante, zumbidos o sensación de taponamiento en los oídos.