Las olas de calor ya no son episodios aislados ni simples caprichos del clima. La ciencia climática ha establecido con claridad que su relación con el cambio climático es directa, sólida y ampliamente documentada. El aumento sostenido de la temperatura media global, impulsado por la acumulación de gases de efecto invernadero (GEI) derivados de actividades humanas, está modificando la intensidad y frecuencia de estos fenómenos extremos.
Más emisiones significan más calor atrapado en la atmósfera. El resultado: veranos cada vez más largos, temperaturas récord y eventos de calor extremo que se presentan con mayor regularidad. Estas olas no solo son más frecuentes, sino también más intensas y duraderas, elevando de forma alarmante los riesgos para la población.
El impacto es contundente. Se incrementa la mortalidad asociada al calor, se agravan las sequías y se multiplican los incendios forestales. Además, el aire caliente tiene la capacidad de retener aproximadamente un 7% más de humedad por cada grado Celsius adicional. Esto genera olas de calor húmedas, en las que el sudor no se evapora con facilidad y el cuerpo pierde su mecanismo natural de enfriamiento, aumentando significativamente el peligro para la salud humana.