Por un lado se tejía una operación para blindar al poder; por el otro, se levantaba una cortina diaria de distracción. En el centro de esa estrategia aparece el nombre de Jesús Ramírez Cuevas, exvocero presidencial y uno de los arquitectos de la narrativa del sexenio de Andrés Manuel López Obrador.
Las conferencias matutinas terminaron convertidas, para sus detractores, en un sofisticado aparato de propaganda. Bajo el reflector del Salón Tesorería, el Presidente aparecía como director de una orquesta cuidadosamente afinada: preguntas cómodas, interlocutores afines y una narrativa repetida hasta el cansancio. La crítica sostiene que no era espontaneidad, sino coreografía.