La historia de Santuario del Señor de Chalma es más compleja de lo que suele contarse. Antes de convertirse en uno de los santuarios católicos más visitados del país, fue un centro ceremonial prehispánico dedicado a Oztoteótl, el llamado “Dios de la Cueva”, vinculado a la oscuridad, la purificación y los rituales en cavernas sagradas.
En la cosmovisión indígena, era una divinidad asociada a lo nocturno y a lo oculto. Los antiguos pobladores acudían a la cueva para ofrecer flores, copal y danzas, en busca de equilibrio y protección. Crónicas de la época señalan que llegaban peregrinos de los cuatro puntos cardinales, muchos de ellos hablantes de náhuatl, lo que confirma la relevancia regional del santuario.
Con la llegada de los frailes agustinos en el siglo XVI, el sitio no dejó de ser espacio de culto, pero sí cambió su símbolo central. Según la tradición, la imagen de Oztoteótl desapareció y, en su lugar, apareció la figura del Señor de Chalma, también conocido como el Señor Negro. La antigua cueva ceremonial se transformó así en un santuario cristiano, en un proceso que representó no solo la sustitución de una imagen por otra, sino la resignificación espiritual de todo un territorio.