La muerte de la investigadora estadounidense Amy Eskridge, ocurrida en junio de 2022, ha vuelto al centro del debate en abril de 2026 tras nuevas revelaciones que ponen en duda la versión oficial de suicidio. Aunque las autoridades de Huntsville, Alabama, concluyeron que se trató de una herida de bala autoinfligida, su caso ha sido ahora vinculado a una investigación federal sobre muertes y desapariciones de científicos relacionados con tecnologías avanzadas y secretos de defensa.
Semanas antes de su fallecimiento, Eskridge envió mensajes contundentes a su círculo cercano: “Si ves algún reporte de que me quité la vida, definitivamente no fue así”. Además, documentó presuntos ataques con armas de energía dirigida, mostrando quemaduras en sus manos y denunciando vigilancia constante.
La científica, cofundadora del Institute for Exotic Science, trabajaba en proyectos de propulsión experimental y antigravedad, áreas altamente sensibles en el ámbito aeroespacial. Su caso es considerado el undécimo dentro de un patrón de científicos —incluidos expertos de la NASA y Los Álamos— que han muerto o desaparecido en circunstancias poco claras desde 2022.
Según reportes retomados por Infobae, varias de estas personas tenían acceso a información clasificada sobre fenómenos anómalos y tecnología de punta. Sin embargo, no todos comparten la sospecha: su padre, exingeniero de la NASA, sostiene que su muerte se debió a problemas de dolor crónico, descartando teorías conspirativas.