Este fenómeno visual ocurre cuando la luz del sol atraviesa nubes delgadas formadas por diminutas gotas de agua o cristales de hielo de tamaño casi uniforme. Al interactuar con estas partículas, la luz se descompone y crea un delicado juego de colores en el cielo.
No se trata de un arcoíris común, sino de un efecto óptico conocido como difracción. Cuando los rayos solares rozan la nube, se curvan al chocar con las microgotas y separan la luz en suaves tonalidades visibles desde la Tierra. A diferencia del arcoíris tradicional, los colores aparecen más sutiles y difuminados, con matices pastel como rosa, verde y violeta, dando al cielo una apariencia casi etérea, como si estuviera pintado a mano por la luz.