La “Dieta de la Milpa” no es una moda ni una dieta restrictiva… es el regreso a lo que somos: maíz, frijol, chile, nopal, calabaza, quelites, amaranto. Alimentos llenos de color, sabor y poder nutritivo.
Este modelo de alimentación —basado en la milpa mesoamericana— promueve el consumo de vegetales diversos por sus colores y propiedades antioxidantes. Rojo, verde, naranja, blanco, morado… cada tono aporta nutrientes clave como licopenos, flavonoides, ácido fólico y más.
¿Ejemplos? El jitomate protege tu corazón, el betabel fortalece tu memoria, y los quelites, que crecen en nuestros campos, aportan más hierro que muchas carnes.
Científicos ya estudian cómo esta dieta ancestral puede prevenir enfermedades metabólicas y mejorar la microbiota intestinal, algo urgente en un país donde la diabetes y la obesidad siguen creciendo.
La propuesta es clara: volver a las raíces, combinar saberes tradicionales con ciencia moderna, y revalorar los ingredientes de la cocina mexicana que nacen de la tierra morelense.
Esta dieta favorece el balance ácido alcalino debido a que la proteína vegetal tiene mayor aporte de calcio y magnesio, por lo tanto, valores más adecuados del potencial renal ácido.