Cada 23 de abril parece tener algo de destino escrito entre líneas. No es solo el Día Mundial del Libro: es una fecha donde el amor, la muerte y la literatura se cruzan con una precisión que ha alimentado teorías románticas y conspirativas durante siglos.
La historia comienza con Sant Jordi, el caballero que —según la leyenda— salvó a una princesa de un dragón. De la sangre de la bestia nació un rosal, y de ahí, una rosa roja que él le entregó como símbolo de amor. Poesía pura… o eso queremos creer. Porque desde 1456, cuando fue nombrado patrono de Cataluña, la tradición creció hasta convertirse en una celebración donde el romance se ritualiza: ellas regalan libros, ellos responden con rosas.
Pero aquí es donde el relato se tuerce, como buen plot twist literario.
El mismo día —o casi— murieron dos gigantes: Miguel de Cervantes el 22 de abril de 1616 y William Shakespeare el 23. ¿Coincidencia? Algunos dicen que no. Que el calendario juliano y el gregoriano maquillaron una sincronía casi perfecta, como si la historia hubiera querido unirlos en una misma página final.
Así nació el Día Mundial del Libro: no solo para celebrar las letras, sino ese extraño tejido donde el amor se declara con tinta y la muerte se vuelve símbolo. Entre dragones, rosas y genios literarios, el 23 de abril se siente menos como una fecha… y más como una historia que insiste en repetirse