Todo comenzó cuando un estudio publicado en 2013 señaló que, tras instalar estas lámparas, los suicidios en ciertos andenes disminuyeron hasta un 84%. La cifra dio la vuelta al mundo.
La idea se basa en el llamado “nudge” o empujón conductual: pequeños cambios en el entorno que influyen en la conducta. En este caso, la luz azul —asociada con calma y serenidad— se colocó en zonas críticas de los andenes para reducir impulsos.
Sin embargo, con el tiempo especialistas han aclarado que el tema es más complejo. Aunque las luces podrían ayudar en ciertos casos, no son una solución mágica ni sustituyen la atención en salud mental. Funcionan como un apoyo más dentro de un problema profundo y multifactorial.
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