Cada 14 de febrero, el mundo se viste de corazones, flores y promesas románticas, pero detrás de San Valentín hay una historia mucho más compleja —y curiosa— de lo que solemos imaginar. Todo comienza en el siglo III, en la antigua Roma, donde un sacerdote llamado Valentín decidió desafiar al emperador Claudio II, quien había prohibido los matrimonios para que sus soldados fueran, según él, más fuertes y menos sentimentales. Valentín siguió casando parejas en secreto… y pagó el precio: fue ejecutado un 14 de febrero.
No fue el único. La Iglesia reconoce al menos tres mártires con ese nombre, lo que añade un toque de misterio a esta celebración del amor. Con el tiempo, la festividad viajó y se transformó. Por ejemplo, en Verona, la ciudad de Romeo y Julieta, llegan cada año alrededor de 10 mil cartas dirigidas a Julieta, buscando consejo amoroso. Pura fe romántica.
En Dinamarca, la tradición cambia: se regalan flores blancas llamadas campanillas de invierno y se envían cartas anónimas con versos bromistas. En Japón, el ritual es aún más estructurado: las mujeres regalan chocolate el 14 de febrero y los hombres responden un mes después, en el llamado Día Blanco.
No todo es celebración. En países como Arabia Saudí, la festividad ha sido restringida por razones culturales y religiosas. Y en Eslovenia, San Valentín marca el inicio de la primavera; se cree que ese día los pájaros “se casan”.
Entre tradiciones, prohibiciones y leyendas, San Valentín demuestra que el amor cambia de forma, pero nunca pierde fuerza. Tradición antigua, emoción eterna.