En redes sociales, una madre y creadora de contenido ha visibilizado, con honestidad, los desafíos de la crianza de niños con TDAH. En uno de sus videos, muestra a su hija atravesando una crisis de llanto tras sentirse avergonzada por intentar aplicar una estrategia de autorregulación emocional frente a sus compañeros. Según relata, la menor no logró concluir una actividad escolar debido a una sobrecarga emocional y, además, fue objeto de burlas, evidenciando el peso social que enfrentan muchos niños en proceso de diagnóstico de TDAH.
Este tipo de experiencias pone sobre la mesa una realidad incómoda: en la infancia, el mayor reto no siempre es la atención, sino la gestión de emociones intensas. En este contexto, la técnica de la tortuga se presenta como una herramienta clave de autocontrol emocional. Su objetivo es enseñar al niño a reconocer señales internas antes de reaccionar impulsivamente.
El proceso inicia con la identificación de la emoción —enojo, frustración o ansiedad—, seguida de una pausa consciente en la que el niño “se convierte en tortuga”: detiene su actividad, encoge su cuerpo y crea un refugio simbólico que reduce la sobreestimulación. La respiración consciente permite regular el sistema nervioso, disminuyendo la activación fisiológica.
Una vez en calma, se promueve la resolución de conflictos, guiando al menor hacia respuestas más adaptativas. Para los padres, acompañar este proceso requiere consistencia y empatía. Más allá de la técnica, se trata de formar niños capaces de comprenderse, sostenerse y reconstruirse emocionalmente.