El problema no es la falta de ganas, sino que el cerebro evita el esfuerzo prolongado cuando no hay recompensas inmediatas. Metas poco claras activan la procrastinación, mientras que objetivos pequeños y alcanzables favorecen la permanencia de hábitos.
La motivación inicial puede ser fuerte, pero si no se acompaña de constancia y estructura, se desvanece. Por eso, los expertos recomiendan dividir las metas en pasos concretos y celebrar cada avance.
Estudiar, hacer ejercicio o emprender proyectos suelen fracasar no por falta de deseo, sino por la ausencia de estrategias que mantengan la disciplina. La clave está en transformar la motivación en rutina.