No cobra, pero sí cuida. Los trabajadores lo adoptaron y ahora tiene cama, comida y agua. Descansa, vigila y hasta ‘dobla turno’ en un servicio abierto las 24 horas.
Los automovilistas lo saludan, se toman fotos y celebran este acto de amor. En un país donde millones de perros aún sufren maltrato, Solovino se convirtió en símbolo de esperanza y empatía.
Su presencia recuerda que los animales también merecen respeto y cuidado. Un gesto sencillo que transformó una gasolinera en un espacio de ternura y comunidad.
La prótesis casera de Maya: amor que da fuerza