Los xoloitzcuintles, según la cosmovisión mexica, fueron creados por el dios Xólotl para guiar a las almas en su tránsito por el río Itzcuintlán, rumbo al inframundo conocido como Mictlán.
La elección del 27 de octubre no es casual: coincide con la fecha en la que, por una tradición popular reciente, se coloca la ofrenda dedicada a las mascotas fallecidas. Este día busca honrar a esta raza endémica, considerada un símbolo cultural, histórico y espiritual de México; un guardián del Mictlán y un vínculo vivo con nuestras raíces ancestrales.
Más allá de su carga simbólica, el xoloitzcuintle destaca por su inteligencia y lealtad, así como por su presencia en el arte y la historia del país. Su origen se remonta a más de 3,500 años, y su nombre proviene del náhuatl: Xólotl (dios del ocaso) e itzcuintli (perro).
Su rasgo más distintivo es la ausencia de pelo, resultado de una mutación genética natural que le otorga una piel suave, resistente y cálida al tacto. No obstante, dentro de una misma camada también pueden nacer ejemplares con pelaje corto y liso.