Básicamente no era nada agradable. Las cirugías eran poco exploradas y, sobre todo, muy dolorosas.
Todo cambió el 16 de octubre de 1844 en Boston, cuando el dentista Horace Wells probó algo que parecía de ciencia ficción: la anestesia. Usó óxido nitroso (el famoso “gas de la risa”), que primero causa euforia y luego somnolencia. Más tarde, al mezclarlo con éter, lograron un sueño tan profundo que lo bautizaron “letheon”.
Hoy la anestesia es parte de la medicina moderna, pero no deja de tener riesgos: la dosis debe ser exacta según cada organismo. Y aquí entra la parte filosófica: ¿Qué pasa con nuestra conciencia cuando estamos “dormidos” por completo bajo sus efectos?
Algunas personas que han vivido esta experiencia cuentan en redes sociales recuerdos extraños, casi sobrenaturales, como si hubieran viajado a otro plano de la realidad.