En la memoria viva de México, el xoloitzcuintle no es solo un perro: es un símbolo que respira historia. Destaca por su inteligencia y lealtad, pero también por su profunda huella en el arte y la cosmovisión del país. Su origen se remonta a más de 3,500 años, y su nombre proviene del náhuatl: Xólotl, dios del ocaso, e itzcuintli, perro.
Las primeras representaciones del xoloitzcuintle aparecen en códices prehispánicos, donde su figura trasciende lo terrenal. En el Códice Madrid, de origen maya, se le vincula con rituales y sacrificios. En el Códice Borgia y otros manuscritos mexicas, se le asocia directamente con Xólotl, deidad encargada de guiar a las almas en su tránsito hacia el Mictlán.
Con la llegada de la Colonia, su presencia quedó registrada en textos fundamentales. El Códice Florentino, compilado en el siglo XVI por fray Bernardino de Sahagún, ofrece una de las descripciones más completas: detalla sus características físicas, hábitos y su papel esencial en la cosmogonía nahua como guía de los muertos.
A la par, el médico Francisco Hernández, enviado por Felipe II a la Nueva España, documentó al xoloitzcuintle desde una mirada científica, destacando su piel oscura y la ausencia de pelaje. Así, entre mitos y observaciones, este animal ancestral sigue caminando —silencioso, firme— entre el pasado y el presente de México