Según las crónicas, en 1274 y 1281 enormes tormentas destruyeron las flotas mongolas que intentaban conquistar Japón. Los japoneses interpretaron estos tifones como una intervención divina que los protegía, bautizando el fenómeno como kamikaze.
Siglos después, el término fue retomado durante la Segunda Guerra Mundial para nombrar a los pilotos japoneses que realizaban ataques suicidas contra barcos enemigos. El ‘viento divino’ se transformó en símbolo de sacrificio extremo y defensa nacional.
Hoy, la palabra kamikaze se usa en distintos contextos para referirse a acciones arriesgadas o temerarias. Sin embargo, su raíz histórica nos recuerda cómo un mito natural se convirtió en parte de la identidad japonesa.
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